Por: Mtra. Marisol Pérez Servín, Coordinadora Administrativa de la Facultad de Ingenierías y Tecnologías
En el marco del 19 de marzo, Día Mundial del Aprendizaje Digital, la Universidad La Salle comparte el siguiente material:
En esta ocasión, vale la pena detenernos un momento y preguntarnos qué significa realmente aprender hoy.
Durante mucho tiempo, entendimos el aprendizaje como la capacidad de adquirir y acumular información. Estudiar era memorizar, repetir y reproducir. Sin embargo, en un mundo profundamente influido por la tecnología, esta idea se ha transformado. El aprendizaje digital no se limita al uso de dispositivos o plataformas, sino que implica una nueva forma de relacionarnos y de construir el conocimiento; una manera más abierta, más dinámica y, al mismo tiempo, más desafiante.
En la actualidad el aprendizaje digital aumenta significativamente el acceso a la educación, ya que permite aprender desde cualquier lugar y en cualquier momento, con recursos disponibles de forma permanente. Esto abre oportunidades para muchas personas que antes no tenían acceso a ciertos espacios educativos, haciendo de la educación una experiencia más incluyente y flexible.
Además, impulsa el desarrollo de habilidades clave para el presente. En un contexto donde la información está al alcance de un clic, ya no es suficiente con “saber”; es necesario aprender a buscar, analizar y aplicar el conocimiento. En este proceso, se podrían fortalecer competencias como el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la alfabetización digital y la capacidad de aprender de manera autónoma; habilidades fundamentales para la vida, más allá del ámbito académico.
El aprendizaje también se vuelve más activo. El estudiante deja de ser un receptor pasivo para convertirse en protagonista de su propio proceso: interactúa, explora, cuestiona y construye. Aprender deja de ser, únicamente, recibir información y se transforma en una experiencia participativa. De esta manera, la tecnología permite avanzar hacia una educación más personalizada. Cada persona aprende de manera distinta y los entornos digitales facilitan adaptar contenidos, respetar ritmos individuales y ofrecer retroalimentación inmediata.
El aprendizaje digital, de igual manera, fortalece la conexión con el mundo real, pues permite acceder a información actualizada, interactuar con distintos contextos y utilizar herramientas propias del entorno profesional; lo que reduce la brecha entre lo que se aprende y lo que se vive fuera del aula; asimismo, acerca el aprendizaje a la acción.
Y, quizá, uno de sus mayores aportes es que impulsa la capacidad de aprender a lo largo de la vida. En un mundo en constante cambio, aprender ya no es una etapa, sino un proceso continuo. El aprendizaje digital facilita la actualización permanente, promueve la curiosidad y fomenta una actitud de crecimiento constante.
Sin embargo, la realidad del aprendizaje digital es más compleja. No todas las personas tienen acceso equitativo a dispositivos, conectividad o acompañamiento adecuado; lo que mantiene, e incluso, amplía ciertas brechas educativas y digitales. Además, el acceso a la información no garantiza comprensión. En muchos casos, se privilegia la rapidez sobre la reflexión, el consumo sobre el análisis y la respuesta inmediata sobre el pensamiento profundo.
Frecuentemente, las herramientas digitales se utilizan para replicar prácticas tradicionales, sin transformar realmente la manera de enseñar y, en consecuencia, de aprender. A esto se suman desafíos como la distracción constante, la sobrecarga de información y la dificultad para distinguir entre fuentes confiables y contenidos de baja calidad.
Frente a este panorama, la pregunta ya no es únicamente qué tecnología utilizar, sino hacia dónde debemos dirigir la mirada cuando hablamos de aprendizaje digital.
Más que centrarnos en las herramientas, es necesario volver al sentido del aprendizaje y colocar en el centro a la persona: sus procesos, su contexto y su capacidad de construir significado. La tecnología debe ser un medio, no un fin, porque el verdadero propósito siempre es pedagógico.
Asimismo, es fundamental priorizar el desarrollo del pensamiento. En un entorno donde la información es abundante, el verdadero valor está en saber interpretarla, cuestionarla y utilizarla con criterio. Formar personas que piensen y no sólo que respondan, se vuelve una tarea esencial.
Y, finalmente, aunque con una reflexión prioritaria, se encuentra la dimensión ética. El aprendizaje digital implica también formar en el uso responsable de la información, en la honestidad e integridad académica y en la conciencia del impacto que tienen nuestras acciones en entornos digitales.
Aprender en lo digital no debería ser un proceso solitario. Requiere guía, orientación y experiencias diseñadas con intención pedagógica, que favorezcan la comprensión profunda y no sólo la interacción superficial. Es decir, el aprendizaje digital no se trata únicamente de innovación tecnológica, sino de una oportunidad para replantear cómo aprendemos y, sobre todo, para qué aprendemos. No es sólo una tendencia, es una necesidad del contexto actual.
Tengamos presente que la tecnología no es el problema ni tampoco la solución. Es una posibilidad. Lo que realmente está en juego es cómo aprendemos y qué hacemos con eso que aprendemos. Porque si algo no debería cambiar, incluso en tiempos digitales, es nuestra capacidad de pensar con intención y con sentido.